El Papa Francisco realiza Homilía de Domingo de Ramos

Con voz fuerte y animada, ante una multitud que ocupaba toda la plaza soleada y se extendía por la Vía de la Conciliazione hasta el rio Tíber, el papa Francisco realizó en su homilía del Domingo de Ramos un llamamiento a los católicos apostólicos romanos: «No sean nunca hombres o mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles. El Papa comentó 3 palabras: «alegría», «cruz» y «jóvenes» (a quienes invito a «Ir y hacer discípulos en todos los pueblos», como recuerda el lema de la Jornada Mundial de la Juventud de Julio.

Semana Santa estará marcada por la “purificación” y por la indispensable conversión de una vida de pecado. «Dios no elige al más fuerte, al más valiente; elige al último, al más joven, uno con el que nadie había contado», advirtió Francisco, que retomó algunas reflexiones que pronunció Ratzinger en contra de la “suciedad” durante el Vía Crucis de 2005. En San Pedro, la celebración del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor estuvo precedida por la conmemoración de Jesús a Jerusalén, ante la mirada atenta de alrededor de 250 mil fieles.

En el centro de la Plaza, en el obelisco, el Papa bendijo las palmas y los olivos y, al final de la procesión, celebró la Misa. Participaron, en ocasión de la 28ª Jornada diocesana de la Juventud, los jóvenes de Roma, como preludio a la JMJ de 2013 que se llevará a cabo en Río de Janeiro. «Lo que cuenta no es el poder terrenal. Ante Pilato, Jesús dice: «Yo soy Rey», pero el suyo es el poder de Dios, que afronta el mal del mundo, el pecado que desfigura el rostro del hombre. Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios», afirmó el Papa Francisco ante los fieles.

 Y después llegó una exhortación a todo el mundo: «Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, de poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección».

 

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